ELECCIONES EN EL GIGANTE DE AMERICA LATINA
Tres años de liderazgo esquizofrénico
ARTHUR ITUASSU
Lunes, 17 de abril de 2006
Hace unos días, el periódico de mayor circulación de Brasil, Folha de Sao Paulo, publicó un sondeo que revelaba que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva es el favorito en las elecciones presidenciales del próximo mes de octubre con un 40% de la intención de voto. Lula, además, aumentaba la distancia que reflejaban sondeos anteriores respecto a su principal adversario, el ex gobernador de Sao Paulo, Geraldo Alckmin, que se queda en una intención de voto del 20%.
Para los que vivimos la dinámica política de Brasil durante los últimos 12 meses, el resultado de la encuesta parece, cuando menos, esquizofrénico. Después de que miembros del Gobierno brasileño y del Partido de los Trabajadores se vieran involucrados en denuncias de compra de votos, financiación ilegal de la campaña e, incluso, de violar el secreto bancario, el liderazgo incontestable de Lula en los sondeos suscita algunas preguntas: ¿Qué hay detrás de tan profundo apoyo político del electorado del presidente? ¿Qué consecuencias puede haber generado el turbulento primer mandato de Lula en las instituciones políticas brasileñas? ¿Qué se puede esperar de otros cuatro años de Gobierno de Lula?
Hay dos factores que juegan políticamente a favor del presidente, incluso después de los sucesivos escándalos de corrupción: la desinformación, y las prácticas asistencialistas puestas en marcha por la Administración del Partido de los Trabajadores en los últimos cuatro años.
Como resaltó recientemente un columnista político brasileño, la desinformación, por increíble que parezca, es uno de los factores que favorece la posición de liderazgo de Lula en los sondeos.«Aunque el 66% de los brasileños conoce la dimisión de Antonio Palocci como ministro de Hacienda y el 67% está al tanto de la violación del secreto bancario llevada a cabo por el Gobierno, buena parte de la población está desinformada de los acontecimientos posteriores», escribía Merval Pereira en O Globo.
De hecho, en el sondeo publicado por Folha, el 44% de los que no se enteraron de la dimisión del ministro de Hacienda tras haber sido acusado de corrupción tiene intención de votar a Lula.Y el 46% de los que no se enteraron de la operación puesta en marcha por el Gobierno para violar el secreto bancario también pretende votar al presidente.
Al mismo tiempo, es fácil percibir que los gastos asistencialistas han aumentado a gran velocidad en los últimos tiempos. La Bolsa Familia, por ejemplo, un programa creado por el Gobierno de Lula para aglutinar varias actuaciones sociales ya existentes, contó con un presupuesto de 6.500 millones de reales en 2005 y contará con 11.000 millones en 2006. Hoy en día, una enorme y creciente franja de población vive de la asistencia del Estado.
En opinión de muchos analistas, prácticas como ésta pueden estar generando en Brasil un fenómeno similar al que rige la política de países como Venezuela, Bolivia y, tal vez, Perú.
Por estar apartadas del contexto político, económico y social en sus propios países, las clases marginales pueden haber comenzado a rechazar los valores y las instituciones tradicionales de la política brasileña, lo que posibilita el fortalecimiento de una relación más directa entre ellas y un líder carismático nacional.
Sin embargo, en contra de este análisis, es una realidad que las elecciones de 2006 están focalizadas en los dos principales candidatos, Lula y Alckmin, que representan una nueva era en la política de partidos en Brasil, marcada por la polarización hacia el centroizquierda y el centroderecha. Esta situación genera un ambiente institucional que puede garantizar la estabilidad y un contexto político mucho más cercano al de Chile que al de Venezuela.
El hecho de que el Partido de los Trabajadores y el Partido Socialdemócrata nunca hayan realizado ninguna alianza entre sí es decisivo para la evolución de esta dinámica política. A pesar de que mucha gente hubiera deseado que ambos se hubieran unido durante los dos mandatos de Fernando Enrique Cardoso, los dos partidos optaron por permanecer apartados, consolidando una posición de polos rivales alrededor de los cuales giran los demás partidos menores del espectro político. Así, en los años recientes de la democracia puede percibirse un camino hacia la alternancia de poder.
De aquí al mes de octubre, Lula va a tener que enfrentarse con el que, tal vez, sea el mayor desafío político de su vida. Al final de los cuatro años de su primer mandado, el actual presidente ha perdido a los dos grandes pilares de su Administración por culpa de la corrupción: su ex jefe de la Casa Civil, José Dirceu y su ex ministro de Hacienda, Antonio Palocci.
Con Lula en la cúpula, Dirceu y Palocci formaban el triángulo de poder que gestionaba todo el Gobierno. Con Dirceu en el vértice de la coordinación política y Palocci en el de la gestión económica, Lula estaba protegido de los desgastes naturales que acompañan a la Presidencia. Y además se sentía orgulloso y presumía de saber delegar.
Sin sus dos fieles escuderos en la recta final de campaña, Lula se verá expuesto al bombardeo de la oposición, que espera darle la vuelta a los resultados, transformando la votación en una especie de plebiscito sobre el presidente.
Una de las grandes ventajas de Geraldo Alckmin en una contienda electoral en la que las decisiones de voto aún no están tomadas, es el hecho de que el ex gobernador del estado de Sao Paulo presente un menor índice de rechazo (17%) que el del presidente entre los candidatos, 12 puntos por debajo de nivel de rechazo el presidente (29%).
Sea quien sea el próximo presidente, la gran e inexcusable cuestión en el Brasil actual es el manejo de las cuentas públicas. Un reciente estudio, realizado por el Congreso Nacional, muestra que, entre 1995 y 2004, cuatro partidas dominan el presupuesto federal (referidas a los gatos corrientes de la maquinaria burocrática) suman seis veces más que toda la inversión en Sanidad, Educación, Seguridad Social e Infraestructuras.
En sus diversas instancias (estatal, autonómica y municipal) las autoridades públicas brasileñas retienen en la actualidad el 40% de la renta generada en el país. Hoy por hoy, el ciudadano brasileño paga más impuestos que el alemán o el español, sin disfrutar de los beneficios públicos que de ello deberían derivarse.
En Brasil, no hay educación pública, ni salud pública, ni Seguridad Social, ni siquiera un acceso igualitario a la Justicia. Y el Estado todavía se permite el lujo de cerrar las cuentas en números rojos e ir al mercado a buscar préstamos para tapar sus agujeros contables, creando una presión al alza en la recaudación de impuestos.
Lula siempre fue en Brasil la encarnación política de la transformación y de la felicidad. El presidente y su partido siempre defendieron los privilegios de ciertas clases sociales generados por el proceso de industrialización dirigido por el Estado. El mismo proceso que hizo dio lugar a una de las peores concentraciones de renta del mundo, peor que la de Namibia, Lesotho o Sierra Leona, a pesar de que Brasil se encuentre entre las 10 mayores economías del planeta.
Según Naciones Unidas, Brasil es un país en el que las autoridades públicas se quedan con el 40% de la renta. Además, el 10% de los más ricos acumulan el 46,7% de la riqueza, mientras el 10% de los más pobres tienen apenas el 0,5% de esta renta.
Históricamente, Luiz Inácio Lula da Silva siempre defendió las leyes que protegen al trabajador y una perspectiva proteccionista del comercio internacional. Su partido siempre se ha mostrado además a favor de la gestión estatal de la economía, se ha opuesto a las privatizaciones y ha apoyado un programa nuclear de corte nacionalista y la gestión pública de la energía. El Partido de los Trabajadores siempre favoreció a la burocracia estatal y a las gigantescas e ineficaces universidades federales. Si es reelegido, el presidente tendrá que decidir si quiere ser el que siempre fue y reproducir, durante otros cuatro años, las carencias y las injusticias brasileñas, o si quiere ser alguien diferente, el presidente que el país quiere que sea
Arthur Ituassu es profesor de Relaciones Internacionales en la Pontificia Universidade Católica de Río de Janeiro.
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