Neo-protectorado en Haití?
Juan Tokatlian
Director de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés (Argentina).
Salvo por los documentos de Naciones Unidas, los comunicados de la OEA
y los pronunciamientos oficiales en los países interventores que
continúan reivindicando la misión militar de la ONU en Haití, los
informes de organizaciones no gubernamentales internacionales y la
mayoría de observadores independientes coinciden en resaltar el fracaso
de la intervención internacional en la isla.
Esta operación—de la que son parte Argentina y
Brasil—comenzó en junio de 2004 con el despliegue de 6.700 soldados y
1622 policías y se incrementó, en 2005, a 7.500 y 1.897
respectivamente. Sin embargo, no sólo no ha logrado superar el caos
previo al derrocamiento forzado del Presidente Juan-Bertrand Aristide,
sino que posiblemente haya contribuido, más allá de las benévolas
intenciones de los estados intervencionistas, a agudizarlo. La
denominación de “failed state” (estado fallido) que ha recibido Haití
no se alteró en los dos años de intervención colectiva; las tropas en
Haití no han podido estabilizar el Estado, pacificar el país,
reconciliar la sociedad, confortar la nación y garantizar el
territorio.
La población haitiana no se ha desarmado (grupos paramilitares siguen
fuertemente pertrechados), no existe un mínimo clima de convivencia (la
polarización entre fuerzas pro- y anti-Aristide se mantiene), la
violencia política ha aumentado (en el último año se han producido más
de 1.500 asesinatos con fines políticos), el secuestro ha proliferado
(convirtiéndose en una empresa rentable), las condiciones
socio-económicas continúan deplorables (de los US $ 1.085 millones de
dólares prometidos por los países donantes, varios cientos de millones
no se han desembolsado), la fragilidad institucional es elocuente (se
ha pospuesto cuatro veces la fecha electoral) y la criminalidad
organizada sigue floreciendo (aproximadamente un quinto de la cocaína
colombiana pasa por Haití antes de llegar a Estados Unidos). En medio
de este escenario, un estudio sobre Haití de junio de 2005 del Fondo
Monetario Internacional recomendó ejecutar una programa de “reformas
estructurales” como alternativa para recomponer la economía en la isla:
para el FMI la mejor opción para fortalecer estructural e
institucionalmente al Estado es realizar más ajustes en el paupérrimo
país.
Al iniciarse 2006 el gobierno haitiano ha indicado
que el próximo 7 de febrero se efectuarán los comicios originalmente
programados para el pasado 13 de noviembre. Un total de 35 candidatos
presidenciales y unos 1.300 aspirantes parlamentarios se disputarán el
ejecutivo y 129 asientos en el legislativo. Sin embargo, nada augura
que esas elecciones produzcan un nuevo sistema político, aseguren la
protección de los derechos humanos y signifiquen el comienzo de una
democracia vigorosa. Y, tal como ocurrió en febrero de 2004 cuando
Aristide fue expulsado por la fuerza y el espectro de más violencia
parecía cernirse sobre Haití, surgirá de nuevo el clamor internacional
de “hacer algo” por el sufrido país caribeño.
En ese momento, el dilema de América Latina, en
general, y de Argentina, en particular, será aún más categórico:
conviene recordar que 9 países del área (Argentina, Bolivia, Brasil,
Chile, Ecuador, Guatemala, Paraguay, Perú y Uruguay) contribuyen con
unos 3.500 efectivos al total de tropas estacionadas en Haití. La
encrucijada, en breve, será retirarse durante 2006 (una vez se instale
el nuevo gobierno y comience sus primeros pasos) o permanecer allí por
varios años, con más soldados y nuevas tareas.
Esa disyuntiva estará, seguramente, acompañada de presiones de
Washington, de gestiones del secretario general de la ONU, de pedidos
de Francia y de debates en la OEA para que más países del hemisferio se
comprometan con Haití durante un largo plazo. Los ya involucrados en la
actual intervención no desearán aparecer como desertores, no podrán
cuestionar la ineficacia de la ONU en este caso y se ajustarán a las
invocaciones internacionales por la democracia en la isla. En realidad,
los gobiernos de estos países no saben cómo marcharse de Haití porque
nunca tuvieron claro para qué ingresaron.
El dilema, sin embargo, sólo es aparente ya que en
los países de Latinoamérica no parece existir voluntad política de
reconocer el estropicio aumentado que produjo la intervención militar
en Haití, para asumir diplomáticamente la parte de responsabilidad que
les cabe y para salir militarmente de la isla. No es indecoroso sacar
los soldados de Haití; sí lo es dejarlos allí después de este fiasco,
máxime cuando en los países interventores se vienen gestando, en los
niveles local, municipal y regional, situaciones similares a la que se
presenta nacionalmente en Haití. Además, es bueno recordar lo que la
tradición liberal clásica del siglo XIX, a diferencia de la perspectiva
liberal moderna del siglo XX enseñaba: la democracia y los derechos
humanos no pueden ni deben imponerse, sino que cada colectivo político
los logrará, nutrirá y consolidará.
Probablemente se contemple entonces el
establecimiento de un neo-protectorado en Haití. Es posible que no se
use ese término por lo odioso que resulta. Sin embargo, los capítulos
XI, XII y XIII de la carta de Naciones Unidas que hacen referencia a
los “territorios no autónomos” (pueblos sin pleno gobierno propio) así
como a los “territorios fideicometidos” (bajo administración
fiduciaria), abren un espacio para recrear aquella figura protectora.
La aspiración sería instaurar un esquema prolongado de administración
internacional de la isla: se pretenderá edificar un Estado cimentado,
en oposición a un Estado colapsado, a través de múltiples labores
administrativas, técnicas, materiales, jurídicas y políticas a cargo de
un conjunto de naciones (y con apoyo de algunas ONGs provenientes de
naciones industrializadas) con aportes de distintos gobiernos y
entidades. La idea resultaría atractiva para estados movidos por la
lógica de la realpolitik y para organizaciones motivadas por una
racionalidad altruista. Esta nueva forma de protectorado tendría, no
obstante, consecuencias inquietantes y ominosas: se instauraría un
reordenamiento global fuertemente jerárquico, discriminatorio y
abusivo, mientras la desigualdad plena remplazaría la igualdad formal
entre los estados.
Latinoamérica debe ser al menos consciente de la
caja de Pandora que se estaría abriendo con el caso de Haití. Ya hemos
aceptado una excepción delicada al principio de no-intervención y hemos
admitido, de facto, que la soberanía es relativamente irrelevante.
Podríamos encontrarnos ad portas de un viraje aún más drástico
consistente en legitimar un sistema internacional sustentado en una
especie de inequidad natural entre estados, pueblos, culturas y
civilizaciones y en el que, en nombre de un presunto intervensionismo
humanitario, se estructure un proyecto imperial encubierto.
Ituassu